"Da Vinci reunía en un solo hombre la genialidad de varios: era tanto un extraordinario pintor como un destacado escultor, un eximio dibujante, esto en lo que respecta a las bellas artes, como un notable escritor y asimismo un formidable ingeniero". (Albero di Mérola, Vida -y Obra del Maestro Leonardo Da Vinci)
Estamos ahora en Milán y corre el año 1495. Leonardo Da Vinci es uno de los artistas más importantes de su época. A los 43 años, se le encargan trabajos propios de un maestro, lo que él es, para los que contrata a artistas menores y obreros de ocasión, aunque al estilo de entonces, los bocetos y el diseño general, así como la elección de las técnicas y el plan general de cada proyecto son de su autoría.
Leonardo tiene una fama extravagante: desde sus primeros trabajos de importancia, acostumbra suspender las obras por largas temporadas, pagando puntillosamente en fecha a sus colaboradores, a fin de tenerlos siempre a su disposición, a toda hora.
En estos largos períodos de aparente inactividad, el artista suele desaparecer durante días, sin que nadie sepa de su paradero, como también puede permanecer durante horas y horas contemplando la obra inconclusa, sin moverse, sentado ensimismado sobre un andamio a seis o siete metros de altura si se trata de un fresco.
Y sí, lo encargado por el atribulado Ludovico de Milán es un fresco, una obra al estilo de las medievales, que todavía goza de gran aceptación en el Renacimiento, tanto por el brillo de sus colores como por la permanencia de los mismos.
De hecho, en la iglesia de Santa María de las Gracias, donde debía Leonardo pintar su encargo según una técnica de la Edad Media como el fresco, había desde hacía trescientos años otras obras de igual técnica, que lucían casi tan rozagantes como en el momento en que terminaron de darles la última pincelada.
La técnica del fresco consistía en aplicar los pigmentos sobre la pared, previamente humedecida, antes de que ésta se secara, lo que garantizaba una mejor penetración del color y, consiguientemente, una mayor permanencia del mismo en lo representado.
Leonardo, una vez aceptado el trato con el poderoso duque de Milán, se abocó a llevarlo a cabo según su particular estilo. En principio, remplazó la pintura habitual para un fresco por los óleos, el célebre aceite de Flandes que, hacía tantos años, había aprendido a dominar en el taller de su maestro Verocchio.
Llamativamente, no era esto lo pactado con su empleador, Ludovico, duque de Milán. El contrato especificaba que la obra debía ser realizada según la técnica antigua.
En segundo lugar: La Última Cena, tal el tema elegido por Leonardo para aquella iglesia, un tema tradicional y muchas veces representado por otros artistas de igual período, no era lo pactado con la orden de los dominicos, a quienes correspondía aquella iglesia.
El documento, que se perdió como tantos otros cuando la ciudad fue ocupada en la Segunda Guerra Mundial, especificaba que el fresco debía referirse a otro asunto: una Natividad.
En tercer lugar: la pintura está realizada de un modo inaudito para la época. Jesús rodeado de sus discípulos, por lo habitual, mira de frente, como si hubiésemos abierto una ventana a la escena y él se encontrara esperándonos.
En la Última Cena de Da Vinci, Jesús sólo mira a Judas, lo que parte en dos la escena. Por una parte, todos los rostros, excepto el de San Juan, representado abiertamente como una mujer, muestran crispación y hasta violencia contenida. En el dúo Jesus Judas, el enfrentamiento es cara a cara.
En cuarto lugar: la figura (le San Juan, el más joven de los discípulos de Cristo, es tan femenina que resulta obvio el detalle. San Juan, en el Nuevo Testamento, es el único autor que se refiere al futuro, mientras que los otros se refieren decididamente al pasado. Este único caso singulariza una proyección de la escena y del contenido del mensaje, pues La Última Cena de Da Vinci hace un hincapié extremadamente llamativo en la figura del único de los presentes que desarrollará un tema que irá más allá de la escena misma.
Se ha querido ver en este San Juan tan particular un mensaje de Da Vinci hacia la posteridad, en coincidencia con lo que se ha deducido de la simbólica construcción de la Catedral de Notre Dame (le París, obra de los masones del siglo XII, casi trescientos años anterior a la Última Cena.
Si es así, la hipótesis no dejaría de tener asidero: tanto Da Vinci como aquellos viejos arquitectos medievales empleaban los medios a su alcance para dejar inscriptos sus mensajes en la historia del arte, la mejor manera de permanencia, en piedra o imágenes, que algo tenía en su tiempo.
En quinto lugar, y no por ello menos llamativo este detalle que los anteriores: cuando Leonardo Da Vinci comenzó su obra, sabía que iba a demandarle mucho tiempo y que difícilmente vería un centavo por ella, cosa que contravenía abiertamente los reglamentos del gremio de artistas al que pertenecía, y sin cuya anuencia era imposible ejecutar una obra en Florencia.
De hecho, jamás cobró una moneda por la Última Cena, y él lo sabía. El príncipe, en el momento mismo de sellar el pacto con Leonardo, estaba prácticamente arruinado. En realidad, por esta previsible razón, nadie del gremio de artistas aceptaba una obra encargada por él desde hacía dos largos años. Leonardo parece haber empleado al príncipe y a la misma orden de los dominicos, que debían obedecer al poder de Ludovico de Milán, para poder ejecutar una obra que le demandó tres largos años de trabajo, porque deseaba hacerla y no porque le conviniera hacerla, algo del todo inusual en aquella época y, desde luego, mucho más en la nuestra.
Leonardo Da Vinci murió en Cloux, Francia, famoso en toda Europa y venerado por reyes y nobles, siendo un anciano de 67 años, en 1519, sin decir una sola palabra sobre si él, realmente, era el prior de Sión, el gran maestre del poder oculto detrás de los antiguos templarios, heredero de la doctrina cátara, colaborador en la tarea (le restaurar a los reyes merovingios en el trono de Francia, como herederos de la sangre de Cristo traída a la Galia en el vientre de María Magdalena.
Lo que recoge Brown en su famoso libro El Código Da Vinci ha sugerido antes, muchas veces y de distinto modo, también basándose en las inquietantes particularidades de La Última Cena, que hoy, restaurada, se ofrece todos los días a la atenta cámara de video y de fotografía de los turistas japoneses en la Iglesia de Santa María de las Gracias, que sigue perteneciendo a la misma orden, la de los dominicos, en Milán, cerca del palazzo del municipio.
Leonardo en Cloux se calló para siempre.
Si de veras hubiese sido un iniciado... ¿hubiese hecho algo diferente...?
De todos modos, podemos disentir con la opinión emitida por Brown en su famoso libro Código Da Vinci.
En él, su autor reputa a Leonardo como el maestre de la orden secreta llamada Priorato de Sión, el ala esotérica de los templarios, que impulsaba el retorno al poder de los merovingios, los descendientes de Sarah.
Leonardo Da Vinci pertenecía a otra organización, la de los cátaros: vegetarianos, aborrecedores de la generación, como el maestro italiano lo era, y empeñados en una tarea similar a la del Priorato de Sión.
Leonardo Da Vinci era un perfecto, el último grado de la iniciación cátara. Su secreto se lo llevó a la tumba, pero allí están sus obras, abiertas a esta faceta de la polémica.
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