Para la historia oficial, los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón -este era su nombre completo- tuvieron por año de fundación de su orden religiosa, ratificada por el Papa, el de 1118, y eran regidos como hermano superior y abad por un caballero de la Champagne, Hugues de Payen. Este padre fundador, junto con ocho compañeros de la orden, se encomendaron a proteger a los peregrinos que visitaban Jerusalén, ya en poder de los cristianos gracias a la acción de las Cruzadas. Pese a la reconquista cristiana del Santo Sepulcro y la ciudad sagrada, innumerables peligros seguían acechando a los peregrinos a la Tierra Santa, dado el número de salteadores y bandidos que esperaban a los peregrinantes en el camino.
A partir de este hecho, la fama de los Caballeros Templarios no hizo otra cosa que engrandecerse, desde que habían arrostrado los peligros de cumplir con su sagrada y piadosa misión de proteger a los peregrinos en su viaje santo.
A partir de esta instancia, la orden no hizo otra cosa que crecer y acrecentar su poder, acercándose a ella un nutrido número de adeptos deseosos de pertenecer a las tan preclaras y famosas filas de los que velaban por el cristianismo en las lejanas regiones del Medio Oriente.
Inicialmente, la orden se regirá por unas de las reglas más severas de que disponía el Occidente cristiano de la época, las de la Orden del Císter, que imponía votos de pobreza, obediencia y castidad. Los caballeros del Temple nada podían poseer, salvo sus armas y dos vestidos, uno el de guerra y otro el de paz, tres caballos y un escudero, que les servía también como criado en la vida civil.
Por otra parte, debían a sus superiores una obediencia absoluta, que incluía la suprema ordenanza de que las órdenes no podían ser ni siquiera de intento comprendidas, sino inmediatamente ejecutadas.
En el año 1139, el papa Inocencio II dio aún más libertades de las que ya gozaba a la orden templarla, al declararla como un ejército de la fe sin otra obligación de obediencia que la suya, esto es, autónomo en relación a reyes cristianos, obispos y príncipes, del mismo modo que los declaraba libres de toda sujeción a la autoridad civil y religiosa.
Con ello, el prestigio de la orden creció todavía aún más, a punto tal que los miembros de las familias más encumbradas de la aristocracia del Viejo Mundo pugnaban por ser admitidos en ella y desde los puntos más diversos de la cristiandad llovían las donaciones a favor de la orden templaria.
Pese a estar obligados por el voto de pobreza, a mediados del siglo XII las propiedades de los Templarios abarcaban fincas, molinos, feudos completos, casas de salmoneria, bosques, campos de labranza y establecimientos rurales -las fuentes de dinero de la época- en dilatadas extensiones de Inglaterra, Francia, España, Portugal, Holanda,Alemania, Austria, Hungría, Italia y hasta la misma Tierra Santa.
Con el paso del tiempo, corno suele suceder, la Orden fue degenerando, volviéndose la cuna de la usura -por las grandes sumas de dinero de que podía disponer- mientras que era envidiada por las clases aristocráticas debido a los grandes privilegios de que disponía, y que superaban a aquellos que eran patrimonio de estas mismas clases privilegiadas en sus mismos países de origen. Por otra parte, las clases bajas sufrían bajo el yugo de los impuestos que establecía la Orden Templaria en los territorios sometidos a su dominio.
Sin embargo, lo mismo que había sido el origen de su ser y de su poder iba a aniquilarla. Hacia fines del siglo XII[, el Islam reconquistó las tierras ocupadas por los cristianos en Medio Oriente.
Hacia 1291, la Tierra Santa estaba ya casi completamente en manos de los soldados de Alá.
La Orden de los Templarios, que durante casi doscientos años había acumulado un poder político, económico y militar como pocas veces se había visto crecer fuera del ámbito secular y religioso habituales, había perdido su misma base de sustentación. No había razón alguna, para el pensamiento de los poderes que envidiaban su poderío económico y temían su capacidad militar y organizativa, para que la orden siguiera existiendo. Por otra parte, la mayoría de los poderes que conspiraron a partir de entonces para arruinar a la Orden del Temple le debían cuantiosas sumas de dinero, muchas de esas deudas imposibles de ser pagadas de modo alguno.
La caída de los feudos establecidos en Tierra Santa no sólo arruinó a los Templarios, sino también a muchos más, fuera de ella, que perdieron con esos territorios todo lo que tenían.
Naturalmente, aquellos que habían apostado al seguro éxito de la orden, y que la veían debilitarse cada vez más, comenzaron a ambicionar recuperar cuanto habían perdido a cuenta de las numerosas propiedades que los Templarios todavía poseían. Por su parte, los que eran deudores de la orden, no querían otra cosa que su ruina para así evitar pagar sus deudas: entre estos deudores no había sólo comerciantes, sino algunos de los monarcas más poderosos de Europa, que habían financiado sus guerras gracias a la usura de los Templarios.
Hacia el comienzo del siglo XIV, la orden lucía como alguien que va a morir Y así fue.
Por esa época, el rey de Francia, Felipe IV El Hermoso, y el papa Clemente V, decidieron deshacerse de los Templarios para siempre. El método entonces no podía ser más sencillo: bastaba con acusar de hechicería a la orden y firmar ambos el documento. La mayoría de los caballeros templarios residentes en Francia fueron arrestados y arrojados a oscuras mazmorras. Muchos de ellos fueron quemados vivos con leña verde, la pena atroz reservada a los herejes y los brujos.
Clemente V, el Papa, dispuso la disolución formal de la orden en enero de 1312. Dos años después, el último gran maestre de los templarios, Jacques de Molay, fue preso, salvajemente torturado con plomo hirviente y castrado, entre otros tormentos, sin que confesara dónde guardaban los templarios sus inmensos tesoros. Cuando fue quemado vivo, ya un semana antes le habían arrancado los ojos con pinzas de hierro.
Los numerosos deudores de los pagarés de los templarios vieron así perdonadas sus deudas a sangre y fuego, pero el tesoro templario nunca fue hallado y, además, la orden no desapareció, sino que pasó a la clandestinidad, protegida por numerosos príncipes que habían hecho sus votos en secreto. La inmigración de los templarios siguió una ruta parecida a la de los cátaros, con los que tenían numerosas afinidades.
En el norte de Italia, muchos señores de marquesados y condados que imponían su propia ley en su territorio, pertenecían a la orden templarla y recibieron a los prófugos para protegerlos detrás de los seguros muros de sus fortalezas. Era tal el caos de la Toscana, la región norteña en la que también estaba enclavada una insignificante aldea de tantas, llamada Vinci, que las ordenanzas del Papado y las iras de los reyes no llegaban allí a tener poder alguno. No había un rey de Italia capaz de unificar el territorio, imponiéndose a los señores locales. Estos hacían lo que querían a su antojo. Ello salvó a los templarios y a los cátaros que, en el invierno alpino, arriesgaban sus vidas por los pasos montañeses para poner a salvo sus vidas, sus creencias y sus principales tesoros...
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